Y una tarde, una de cualquier otra y sin previo aviso, el Gallo recuperó la sonrisa, aquella que había archivado, no por decisión propia, hacia fines de diciembre del año pasado. Y el Francisco Urbano volvió a vestirse de fiesta, como en sus mejores y más afortunadas jornadas, permitiendo un desahogo plural y compartido, entre protagonistas y espectadores, tan necesario para retemplar el golpeado espíritu de conjunto, como imprescindible para la actual y tortuosa sumatoria de puntos.



